28.8.08

En el pasillo hay una mujer con una jarra de agua en la mano: ¿Ha conjurado una tempestad o solamente quiere hacerse un té?*





La mujer yace desparramada, abierta al mundo, en el suelo, con alimentos viscosos esparcidos sobre ella, y es subastada por un efecto y varios efectos. Sólo su marido negocia con ella, y negocia completamente solo. Y ya cae en el amueblado vacío de la habitación. Sólo su propio cuerpo le hace justicia, y cuando lo desea puede hacerse oír y retumbar en el deporte. Como una rana, la mujer tiene que abrir las piernas hacia los lados, para que su marido pueda mirar dentro de ella lo más posible, hasta la Audiencia Provincial para Causas Penales, y examinarla. Está por entero bañada y cagada por él, tiene que levantarse, dejar caer al suelo las últimas cáscaras e ir a buscar una esponja para limpiar al hombre, ese enemigo irreconciliable de su sexo, de sí mismo y del flujo que ella ha producido. Él le mete el índice derecho bien hondo en el ano, y con los pezones colgando ella se arrodilla sobre él y limpia, el cabello en los ojos y en la boca, sudor en la frente, saliva ajena en la garganta, la blanca ballena asesina allí ante ella, hasta que la amable luz se pone, llega la noche y este animal empieza a fustigarla de nuevo con su rabo.

La mujer sale de la cubierta de sus circunstancias. Aprieta con desazón su pijama contra el cuerpo. Se palmea con las manos. Algunos de los niños que oye gritar a lo lejos acaban de salir de su bien montado grupo de baile y ritmo, que se reúne todas las semanas. Los niños son criados como hobby de esta mujer. Al fin y al cabo, tenemos suficiente sitio y amor para el niño, que debe aprender a batir palmas con ritmo. En el colegio, le será de ayuda para asentir o levantarse rítmicamente cuando sea el momento de la oración. Su hijo está entre ellos, demuestra con cada grito que cuelga sobre los otros como un dedo sucio. De cada bocadillo ha de ser el primero en morder, porque cada niño tiene un padre, y cada padre tiene que ganar dinero. Sobre sus estrechos esquíes, aterroriza a los niños pequeños en sus trineos. Es la última edición de un astro brillante, que tiene la osadía de salir nuevamente cada día, pero siempre con una vestimenta nueva. Nadie se le resiste, sólo su espalda tiene que tragar muchas muecas ocultas y desperdiciadas. Ya se ve como una formulación de su padre. La mujer no se engaña, levanta vagamente la mano hacia el hijo lejano, que ha reconocido por la voz. Él adapta a los otros niños a su medida. Los corta con palabras, como el viento al paisaje, y los convierte en mugrientas colinas.

*[jelinek; deseo]

5.7.08

Se viene el agua, escuché que me gritó Lucy pero no podía verla por los árboles, se me había adelantado. Recién salidas de la Pelopincho pasábamos el rato montadas en bici metidas entre los pastos duros del bosque. Esto no es un bosque. Vos no sabés lo que es un bosque, me decía Lucy. Otros años la hora larguísima de la siesta nos encontraba hundidas en la zanja. La cara negra y embarradas hasta la nariz. Porque éramos felices ahí adentro de esa zanja, nuestra zanja, mezcla de barro y agua de lluvia podrida. Jugamos a encontrar gusanos en el fondo con las antiparras puestas. Con suerte renacuajos y hasta a veces ranas. Coleccionábamos los bichitos más raros, los metíamos dentro de unos frascos de mermelada y los mirábamos largo rato para ver qué hacían. Los menos se resignaban a la nueva vida que les toca, quietitos en la base del frasco se quedaban. Los más se chocaban entre sí aturdidos buscando la salida, arrastrándose camino hacia la tapa y los otros, a los que llamábamos suicidas sólo se apartaban del resto enroscándose en su propio cuerpito. Cuando les daban permiso venían los vecinitos de a la vuelta aunque no siempre los dejaban enchastrarse como a las mugrientas de nosotras. A Lucy tampoco la dejaban siempre, pero cuando yo venía de vacaciones casi todo estaba permitido. Muchas veces cuando había sequía como ahora extrañábamos la zanja. Entonces la tía nos preparaba el revoltijo de barro en una palangana para que cambiemos esas caras largas. Nos pasábamos la pasta por todo el cuerpo, dibujando con deditos embarrados la espalda, las piernas y nos corríamos descalzas por la vereda y la calle. Aunque yo a veces me raspaba los pies estando así, descalza en la calle de tierra. Me lastimaba como cuando jugábamos a las carreras desde la puerta de la casa hasta las vías viejas ida y vuelta. Y sino en el almacén pidiendo fiado las bolsitas de bombitas de agua y toda la siesta llenando un balde con Bombuchas de colores. Lucy siempre elegía las rojas y las amarillas, a mí en cambio me gustaban las azules y las verdes que eran justo los colores del uniforme de mi escuela. Las repartíamos primero para después escondernos detrás del portón de entrada y salir de prepo cuando pasen los demás chicos de la cuadra a tirarles con todo y puntería, mientras riendo volvíamos a correr esta vez hasta el fondo de la casa escuchando las cosas que nos gritaban. Otras veces pero sólo entre nosotras nos quedábamos haciendo guerra de Bombuchas en malla y ojotas, dando vueltas por todo el patio y alrededor de la casa. Después cuando ya no podíamos más de tanto correr y correr nos echábamos en el pasto a reírnos de vuelta y a pelearnos también, porque a veces nos peleábamos. Como cuando fuimos todos a comer al restorán del centro y conocí al primo Pedro que también venía de lejos, que tenía dos años más que yo y estaba en 6º grado. Me acuerdo nos quedamos un montón de tiempo mirándonos y hablando de cosas que ni me acuerdo pero que me gustaría poder acordarme. Mientras le miro los rizos rubios, las pecas, me cuenta cosas de la toldería, de los indios, de que cuando sea grande quiere ser maestro de los indios porque no tienen casi maestros en la escuela rural y qué se yo qué otras cosas. Me regala el collar que hicieron los indios con semillas de sandías pintadas, me lo pone al cuello y me mira, me dice que me queda lindo. Lucy no me habló en el auto todo el viaje de vuelta. A la noche tampoco quiso dormir conmigo. Pero también hubo otras veces en que estuvimos más unidas que nunca, en que fuimos más hermanas que nunca. Cuando venían los primos más grandes a quedarse a dormir y tirábamos los colchones. Todos los primos durmiendo en el piso del jol, dejando las puertas abiertas a la noche para que entrara el fresco. Los ventiladores encendidos al máximo en las ventanas mientras escuchábamos acostados las historias que nos contaban. Como esa noche en que nos contaron a todos la historia del Yaraví. El cuento de esa india quinceañera, la hija menor de unos quichuas. “Decían que nunca había tenido un novio porque era muy fea”. Escuchamos eso y Lucy se rió fuerte pero yo me quedé seria. La india había oído hablar de la magia del Tatú Piré, un riacho que no estaba muy lejos de donde vivían. Un riacho que si te bañabas ahí conseguías lo que querías: un novio y si tenías suerte un marido. Entonces vino el día en que ella se escapó de la casa y no me acuerdo cómo llegó hasta la orilla. Se sacó toda la ropa y se metió desnuda en las aguas del Tatú. Así estuvo nadando sola hasta que el sonido de una quena le llegara como de lejos a los oídos y viera por detrás de unos árboles a su músico que venía a buscarla. Se fueron así los dos caminando de la mano, por los cerros. Me quedé pensando en eso, en lo lindo que era cuando un chico que me gustaba me agarraba de la mano. Tuvieron tanta mala suerte que en el camino se cruzaron con ese hombre. Un jefe de no sé qué, que decía esta india es mía, porque la había comprado o algo así, entonces la subió al caballo y se fueron levantando el polvo seco del camino. Se la llevó. El enamorado de la india la buscó por todos lados, recorrió todas las casas de todas las familias preguntando, pero nadie sabía nada. Y no la vio más. Ví cuando Lucy arrugó el entrecejo y dejó la mirada perdida en el aire. El músico volvió al riacho y empezó con la quena a tocar una canción triste cada vez más triste que era el Yaraví, que es la canción de amor más triste del mundo. Así dijeron. Y terminó ahogándose, medio loco por la india esa. Todavía se escucha el sonido de la quena a lo lejos, dijo mi primo más grande cuando terminó de contar la historia y todos nos quedamos en silencio por un rato hasta que otro: escuchen es la quena, es el Yaraví, el ahogado anda cerca. Y Lucy se tapaba con la sábana el cuerpo, pero sobre todo la cara y se acurrucaba en el colchón y yo me levantaba rápido a cerrar la puerta de un golpe. Gritábamos retándolos. Nos enojábamos con los chicos pero al rato se nos pasaba.
La lluvia llegó y nos agarró en medio del bosque que había en frente de la casa, mojándonos un poco. Paseábamos en bicicleta. Lucy mirando el cielo me dice ahí viene la lluvia. Yo miré y no ví nada. Pero Lucy sabía de esas cosas más que yo. Pedaleamos lo más fuerte que pudimos entre los pastizales y las raíces de los algarrobos que brotaban de la tierra. En el cielo se veían los relámpagos que alumbraban los techos de las casitas. Me acordé de Lucy cuando cerraba los ojos porque el flash de la cámara que canjeamos con las tapitas de gaseosa le lastimaba los ojos, igual que ahora el resplandor ahí arriba también le lastimaba. Era una tormenta eléctrica que se largó bien fuerte justo justo cuando pisábamos la entrada de vuelta a la casa. Ahí nos quedamos todos en la puerta. Pero sobre todo nosotras que mirábamos fijo cómo se alimentaba de vuelta nuestra zanja, empujándonos un poco para conseguir el mejor lugar para ver cómo era el alivio, para sentir el olor del alivio de la tierra norteña mojada.

23.6.08

Infancia [fragmento]

Su madre decide que quiere un perro. Los alsacianos son los mejores –los más inteligentes, los más fieles–, pero no en­cuentran uno en venta. Así que optan por un cachorro mi­tad dóberman, mitad algo más. El insiste en que quiere po­nerle el nombre. Le gustaría llamarlo Borzoi porque quiere que sea un perro ruso, pero ya que no es un borzoi de verdad le pone Cosaco. Nadie lo entiende. La gente cree que el nombre es Kos–sak, “bolsa de comida” en afrikaner, y les parece gracioso.

Cosaco resulta ser un perro desconcertante e indiscipli­nado, que merodea por la vecindad pisoteando jardines y persiguiendo a las gallinas. Un día el perro le sigue durante todo el trayecto hacia el colegio. Nada de lo que él haga lo aparta: cuando le grita y le tira piedras, el perro agacha las orejas, mete el rabo entre las patas y huye cabizbajo; pero tan pronto como él se monta en la bicicleta, el perro corre a grandes saltos tras él. Al final tiene que arrastrarlo por el collar hasta la casa, empujando la bicicleta con la otra mano. Llega a casa enrabiado y se niega en redondo a ir al colegio, porque se le ha hecho tarde.

Cosaco no es todavía un perro adulto cuando se come el polvo de vidrio que alguien ha puesto fuera para él. Su ma­dre le administra enemas, para que el agua haga salir los pedazos de cristal, pero es en vano. Al tercer día, como el perro continúa tumbado, jadeando, y ni siquiera tiene fuerzas para lamerle la mano, la madre lo manda a la farmacia a comprar una medicina que le han recomendado. Él va co­rriendo y vuelve corriendo, pero llega demasiado tarde. Su madre tiene aspecto cansado y distante, ni siquiera toma el bote de sus manos.

El ayuda a enterrar a Cosaco, envuelto en una manta, en la arcilla del fondo del jardín. Sobre la tumba erige una cruz en la que pintan el nombre «Cosaco». No desea tener otro perro. No si es así como han de morir.

[j.m coetzee]

24.5.08

Inda Patria Ledesma Mía



Nacionalpa Himnon


Uyarishís qaparisqá huañora

Libertá, Libertá, Libertat

Uyarísh cadenás titikojta

Qaayshis trono kikín tukuytá

Anajpiajkuna kicharin kuná

Provinciás kusqa surmantaqá

Tukuy mundo lebrésnenqa ninku

¡Atun pueblo Argentino salud!

¡Atun pueblo Argentino salud!Tukuy mundo libresnenqa ninku

¡Atun pueblo argentino salud!

16.5.08

+++bonus++++









Que lindo es levantarse todas las mañanas
sabiendo que Boca va a salir campeón.











[daniel durand]

15.5.08

algo de Salto Grande

Una tarde Pepe se bajó de la chalana
con dos amigos que trajo de Corrientes,
todos corrieron hasta el borde de la chalana,
pepe triunfante sacó el dorado que causaba tanto revuelo,
era enorme, después le sacaron una foto colgando del alambre y
me pusieron a mí al lado para que todos vieran que era más alto que yo.
Después no nos metimos al agua por dos o tres horas
porque teníamos miedo,
hasta ese momento no sabía que había pescados más grandes que
yo abajo del agua.

*

*

Mi papá se iba a cagar al agua, yo nunca pude cagar
adentro del río, me daba miedo que un pescado
se me metiera en el culo. Me voy a darle de comer a las mojarras...
decía papá y se iba a cagar a la correntada.


*
*

Tito y Carlos que son mis tíos porteños
decían qué hermoso,
qué hermoso esto
qué hermoso aquello,
pero siempre estaban queriendo volverse.

*
*

El Pancho Moulins me enseñó a hacer flechas
con la punta de los tapones de sidra,
las flechas iban derecho como cincuenta metros,
hasta que una tarde en la islita
le sacamos un ojo al Raulito,
no nos dejaron más hacer arcos y flechas para jugar a los indios,
yo les voy a dar jugar a los indios... indios!,
nos gritaba Palito cuando se llevaban al sobrino
para el hospital ya con un solo ojo.


*
*
El Meneco que pesaba más de 120
entró al agua y se clavó un culo de botella
en la planta del pie,
le tuvieron que poner 23 puntos,
el agua quedó roja un rato
antes que se llevara la sangre la corriente.

*
*
*

El año pasado Eric cuando se fue me dijo que este año
me iba a traer a su hermana y
me la iba a dar a mí.
Ahora veo que llegaron, Eric, los padres y
dos chicas hermosas cordobesas,
la más linda es la hermana y yo me acuerdo que el año pasado
me dijo que me la iba a dar, qué va a querer esa que es
la más linda que vi en toda mi vida,
más linda que todas las de la escuela Almafuerte
más linda que todas las de la cortada.
Ni bien oscurece y se prenden los faroles de todos los ranchos y campamentos
nos ponemos a jugar a la escondida,
yo corro solo hasta la oscuridad y me quedo atrás de la carpa
de los Fishba, atrás mío viene la hermana de Eric, Gabriela,
me pregunta si quiero ser su novia así nomás sin conocerme y
adelante de su prima Nancy, yo protesto una vez
pero me convence, después salgo corriendo y
en el pecho tengo una correntada que no para
que no sabía que te agarraba
cuando tenés novia.


[daniel durand]

8.5.08

La luna

(Música. Un ser femenino ataviado con cortinas de voile blanco en capas superpuestas, ojos y rostro salpicados de brillo, boca roja chorreando obscenidad, y el cabello de un hombre medio calvo, baila entre el público, luego sigue arriba, en el escenario, hasta terminar la danza exagerada junto con el final del tema musical. Queda el ser en el piso, dormido, y de pronto se despierta como de un sueño, se pone de pie y habla).

¡Aaaaahh! ¡Qué manera de apolillar!
¡He dormido como una vaca sobre los abrojos!
¡Aaaaahh!
¡Qué picor de cajeta!
¡He tenido un sueño maravilloso!
¡No había nada!
En el sueño…
Nada… nada…
Todo era…
como un enorme sorete
marrón de nada… nada.
Era el Caos
y de pronto… de ese caos
surgió una Diosa
completamente desnuda
y completamente violeta
con unas tetas así de grandes,
con unos pezones como platos de postre de Gulliver.
Eurínome
se llamaba la diosa.
Eurínome, la diosa de todas las cosas.
Y Eurínome
surgió del caos
con tantas ganas de bailar
pero tantas ganas de bailar
que cuando vio que no había nada,
porque no había nada,
en donde apoyar sus piececillos violáceos
para danzar
entonces agarró e hizo jjjjjjj,
rasgó un cacho de nada
y creó el firmamento
y después agarró e hizo jjjjjjj,
rasgó otro cacho de nada
y creó las olas,
unas olas magníficas,
gigantes,
monumentales, estreptocóideas,
todas duras, trabajadas, cinceladas,
niqueladas,
todas marmoladas
hacia arriba… así…
todas negras, violetas, azules…
anaranjadas,
de todos los colores
hasta unas puntas
terminadas en unas puntas
de espuma,
unas puntas blancas,
más blancas que la blanca
y después de las puntas
unas pelotonas blancas de espuma
así de grandes
y después de las pelotas
sobre las pelotas
toda una ristra
de colibríes fosforescentes.
En cuanto vio que tenía dónde
apoyar sus piececillos,
entonces ella se puso a bailar
y bailada Eurínome
la conchuda
y bailaba lai-la-ra-la-lá,
bailoteaba la hija de mil puta,
dale que te dale
y daba una pirueta para adelante
y un mortal para atrás
y correteaba en dirección al Noreste
y después para allá
y miraba al Sudeste
y se cagaba en el Oeste
y corría y corría
y hacía mohínes,
piruetines, piruetecas,
y tanto, pero tanto, tanto,
bailó en dirección hacia el Sur
que en el Norte
se provocó un remolino gigante,
una especie de centrifugado
de película de Spielberg
con rayos y centellas,
como un cagadero al revés.
Entonces en cuanto Eurínome,
la diosa de todas las cosas,
vio la porquería que había creado
con su bailar
agarró y se dio vuelta
como una diosa
y dijo… y esto… ¿qué es?
Y agarró el centrifugado
con las dos manos
y empezó a frotarlo
al remolino
y lo frotó… y frotó…
a esa espiral luminosa…
y frotó… tanto, pero tanto frotó…
y frotó…
que de allí surgió
un viborón de este porte
cono unos ojos salidos para afuera así,
con unas pupilas hacia delante
que terminaban en dos guindas azules.
Orión se llamaba el viborón
y en cuanto Orión, el viborón,
vio a Eurínome,
la bailarina conchuda,
dijo yo a ésta me la volteo
y dicho y hecho
se la volteó…
Fue así como Eurínome
quedó encinta,
preñadita.
Se transformó entonces Eurínome
en una palomita blanca
chiquitita
con unas plumitas
que el viento… pfff
las movía.
Entonces se puso a empollar
Eurínome… sobre las olas
unos olones gigantes
y se posé sobre la ola gigante
y la ola la agarraba
y la tiraba… ¡¡pfffaaa!!
y caía sobre la otra ola
y la otra ola la agarraba
y la sarangoteaba toda
y ¡¡¡PFFFAAA!!
En un momento se la encajó
la punta de una ola
en el medio del ojete
y al cabo de 7.777 milenios
puso el huevo universal.
Cuando vio esa porquería
que había puesto
dijo, y esto… ¿qué es?
Un huevo de tamaño Sideral
pero de decir ¡mirá qué huevo!
Un huevo de color tornasolé
todo con incrustaciones
de nácar
y de huesos de mamut
y de dientes de Grondona.
Y bueno… entonces
y al rato le dijo al otro,
al Orión, el viborón,
¡ocupate vos también
que tuviste bastante que ver con esto!
Entonces el viborón
se enroscó siete veces en el huevo
y al cabo de otros 7.777 milenios
el huevo hizo jjjjjjj
se partió en dos
y de allí surgieron
todas las cosas
habidas y por haber:
Marte, Neptuno, Plutón,
Saturno, Júpiter,
la vía Láctea,
como lechazos de guasca de Dios,
los agujeros negros,
y además
surgió esa pelotita
pelotuda y celeste
que es la Tierra
con sus mares, sus montañas,
las Sierras de Tandilla,
la Plaza Miserere
y además… esa capa…
esa pátina
graciosa y grasosa
que hay sobre la Tierra
que son los mortales…
¡Qué ganas de garcharme un mortal
que me dieron!
¡Bajaré a garcharme un mortal!

(Baja y camina por entre los espectadores)

¡Qué olor a mortal que hay acá!
¡Qué asco!
¡Este está fuerte!

(Le habla a un espectador)

¡Vamos a garchar!
¡Encajala!

(Se sienta sobre sus faldas)

En ese agujero no, picarón,
en el otro…
¡Ahhh! ¡Movete!
¡Juguetea más con el clíptorex!
¡Cambiemos de posición”
¡Chupame el busto!
¡Sí! ¡Sí!
¡Voy a acabar!
¡Oíd mortales el grito sagrado!
¡¡¡AAAaaaaahhh!!!
¡Gracias por garcharme así!

(Cuando está volviendo al escenario)

Me preñaste…,
¡estoy completamente embarazada!
¡Y de un mortal!
¡Voy a parir!
¡Estoy a punto de parir!
¡Aaaahhh!

(Empieza a sonar “Las Valkirias” de Wagner)

¡Voy a parir!

(Se hincha en el escenario. Puja. Resopla y pare sacando trapos rojos de su entrepierna al compás de los gritos de la cantante, al final saca un envoltorio como de panadería, incluso con atadura de cintita con moño y todo. Queda exhausta mirando lo que acaba de parir)

La placenta…

(Desata, abre el paquete, y se descubre un típico pebete de jamón y queso)

Un pebetito… (Lo revisa)
… no tiene mayonesa…
…. ¡Ja! ¡Las orejitas que tiene!
La misma cara del padre…
¡y habla! (Lo acerca a su oído)
¡Dice que va a ser un gran hombre!
¡Dice que va a tener un Renault Fuego
y la casa en el country club!

(Pausa. Se emociona)

Naciste para alimento de la luna
… tu madre.
(Le pega un mordisco. Cambia la luz. Queda un cenital sobre ella. Empieza triste música de violín.
Todo se va apagando despacio mientras ella se bambolea, come, mastica, y llora, hasta el apagón)
*
[alejandro urdapilleta. Monólogo estrenado en el Parakultural en 1986 y más tarde incluido en diversos espectáculos]

La paralítica

¡Sí, es verdad! ¡Sí, es verdad! ¡Es verdad, oficial! Sí, sí, sí, yo la maté. Pero es que me tenía harta, ella era mala, pérfida, ladina, ponzoñosa. Y me cansé de sus ojos de mosquita muerta. Y de que se hiciera la paralítica. Porque ella no podía moverse, es cierto, ahí están los certificados de los dotores, pero no era como para poner ojos de paralítica, ella se regodeaba de su tragedia y yo le decía paralítica de mierda y el tiraba el caldo con cabello de ángel, hirviendo se lo tiraba en la cabeza porque no soportaba sus piernas fláccidas y el olor de paralítica y la mentalidad de discapacitada y sobre todo que no había tenido la culpa de que se subiera al andamio en la obra en construcción en el Chaco, cuando yo era bailarina, más que la Belfiore, que me fui al monoblock en construcción atrás del obrero paraguayo y ella, como buena madre hija de puta que era, me persiguió para espiarme y se cayó del andamio, porque yo en esa época, tomaba cañita Legui, sí, y después licor Ocho Hermanos, que no hay nada más dañino que eso, y un día me preguntó por el hámster y yo no le entendía porque decía lmmmmm jjjmmmúmmmter desde la silla de ruedas, en el patio de atrás, mientras yo colgaba los pañales de su incontinencia todos percudidos lmmmmm jjjmmmúmmmter ¿¡el hámster!?, le dije, ¿¡sabés lo que le hice a tu hámster!? ¡Lo desollé vivo! Y ahora está enterrado abajo de tu cama.
¡¡¡Lmmmmm jjjmmmúmmmter!!! ¡Hablá bien gangosa de mierda!, le decía yo, oficial, porque ella me lo hacía a propósito para cagarme porque yo era bailarina y peluquera y me debía a mi arte, ¡sí!, ¡la maté, oficial! ¡Y no sabé qué liberación! Puse un disco de Richard Clayderman
el claro de luna
y bailé como la llama
de una vela
en un velorio.

[Monólogo de alejandro urdapilleta basado en un texto teatral escrito para el Parakultural y representado por Batato. La versión corresponde al texto radiofónico leído en La Alfombra (1989) Radio Alfa del barrio de Belgrano, luego publicada en Vagones Transportan Humo]

29.4.08

Me subí como pude. La chancha ya estaba en marcha y algunos colgados de las puertas formaban montoncitos de pasajeros. Rebalsaba como siempre de lunes a viernes en hora pico. Mi tren no conoce de alta velocidad, mucho menos apenas despegando del andén diez donde siempre para. Pero el guarda hizo sonar el pito y ahora somos unos cuantos los que nos lanzamos en la corrida para poder atraparla. Mientras me apuro el bolso me golpea, me llena de piñas el estómago. Calzo mi zapatilla sobre el escalón metálico y de un salto me prendo del estribo. Ya estoy arriba. Mi pelo largo al viento y un cachetazo de correntada en la cara. Soy feliz en esta escalinata. Soy reina de una carroza diesel. Soy la vedette del ramal Glew-Plaza.

Se tira del cordel...y así marcha el tren

Quiero vale cuatro, cantó la vieja. Y la jeta del tío Carloncho empezó a desfigurarse cuando le mostró la carta brava. Esa cara nos daba miedo a todos, sobre todo a la prima Lele y a mí. Se decían cosas del tío, los grandes decían cosas y nosotras escuchábamos todo. Fuimos inventando al tío a través de esas historias.

No era fácil sacarle la ventaja en el truco. Andaba siempre con el mazo de españolas en el bolsillo. Acumulando partidas en los barsuchos del barrio de la Boca, donde vivía. Años atrás metido en Devoto escribiéndole cartas a la abuela. Pasó que un par de tipos se le hicieron los vivos y se llevaban la guita apostada: la trampa quedó al desnudo y la botella voló sobre la cabeza del que según el mismo tío, pedía a gritos que lo fajaran. Ahí nomás se armó. Sin un gesto que lo marcara los cuatro socios de esa vuelta se levantaron y como en una danza lo apretujaron al primero contra la barra, mientras el segundo se volcaba desmayado en la silla. Lo agarraron bien atajándole las manos desde atrás para que el tío pudiera darle de lleno en la cara. Un enchastre. Se dice que lloraba y pedía perdón aunque no sirvió de nada. Cuando vino la cana Carloncho fue el primero en entregarse. El único. Los demás se las habían tomado. Se dice que apenas escuchó las sirenas agachó la mirada y se sentó en una mesa, contra la ventana. Se quedó esperando que llegaran, así, mirando al piso serio y solo. Con la decisión tomada.

Pero ese domingo fue otra cosa: habíamos armado tempranito la mesa. Tablones sobre caballetes y el mantel de plástico transparente para que no se manchara nada. Todo listo. Listos y bañados para el mediodía. Los jugadores titulares del campeonato eran los honorables cuatro: papá, la abuela, y esa vez sobre la marcha se nos sumó Don Ediberto, el vecino de la vuelta. Plomero, gasista y últimamente destapador de cloacas que venía laburando en el camión de la 71. Ese día andaba de franco. Hombre de las changas en casa, confianza y mano derecha de papá. Y por supuesto el tío Carloncho que nunca faltaba. Llegó con una sorpresa: era el último casette de Xuxa envuelto en papel de regalo rosa para la prima Lele y para mí que sin perder tiempo hicimos sonar y bailar y cantar una y otra vez como nunca más.

El asadito estaba en marcha, cuando las brasas estuvieron a punto decidieron tirar toda la carne y las achuras al fuego. Los chicos siempre comíamos en una mesita petisa que nos ponían aparte. Apenas lo crudo iba largando su olor a cocido. Apenas el crujir que venía desde la parrilla se escuchaba en el patio. Entonces venían los cantitos de ¡quereeemos comer! junto con los choripanes que largaban antes para que nos dejáramos de joder de una vez por todas. Mamá preparaba la ensalada en la cocina y a veces nos poníamos a darle una mano con la condimentada. Lo mío era el aceite y mi prima le echaba sal. Revolvíamos con ambas manos y después nos chupábamos los dedos. Los de afuera, los de la partida, se reían mientras el tinto bajaba. De cero y abuela esta vez estaba en pareja con el tío que anotaba los puntos de la mano mientras que mi viejo y el vecino armaban la contra.

De golpe y porrazo se nos vino la noche: la balacera se abrió sobre el envite de envido. Los chorros habían cruzado el campito y se metieron por atrás de la casa, escapando de la cana. Eran dos y el oficial de la policía que los corría. El patrullero venía escoltándolos como a la cuadra. Irrumpieron en medio de la partida meta tiro de calibre 22, después dirían los peritos. Mamá que salía con la de papa y huevo apenas alcanzó a tirarse de cara al piso y que no le hincaran los vidrios de la ensaladera rota del espanto y los gritos. El vecino y papá quedaron paralizados, prendidos de las cartas, apretando culos contra la silla para no cagarse encima. El tío Carloncho, que se había levantado para cubrir a su viejita, para abrazarla contra su pecho, para que no le pasara nada, fue quien ardió al fuego de las balas. Una a una se fueron acumulando en su espalda. Fueron seis, me enteré más tarde. Pero en ese momento, para mi prima y para mí y para todos los que estaban, firmes y sordos viviendo la película llegamos a contar cerca de ocho, diez. Es más. Eran once seguro, diría el vecino en shock prestando declaración en la comisaría.

A veces me acuerdo de la cara del tío, ahí todo tirado en la tierra. Y nosotras todavía bajo la mesa donde un rato antes el chindolelé y la fiesta. Si hasta parecía que nos miraba. Y nos señalaba con su mano larga y ese anillo de oro, piedra negra brillante. También me acuerdo del olor a quemado y la carne seca sobre la parrilla.

El show de xuxa comenzó

28.4.08

[martin parr]
Puso play y el disco empezó a sonar a todo trapo, escandalizando a los vecinos del piso tres. Entre la Quilmes y el fernet la joda había empezado. El departamento era una fiesta. Cacho, la Japonesa y el Alemán se encargaron del portero eléctrico hasta que llegaron los demás. La oreja pegada al aparato eléctrico, había que estar atento. Un rato antes nomás, en el coche hasta Floresta, habían arreglado que el pibe ese, el amigo del Alemán, les prestaría los equipos. Acarreando los bafles y la consola de luces tres pisos por escalera. El agüita caía por la frente de su amigo y el recuerdo de ese caldo que pasaron la última vez, en la cancha, ahí todos juntos, festejando. Casi como ahora. Por suerte el freezer rebalzaba de Rolito. Apenas subieron le dieron duro a la Coca con hielo y brindaron. Era la gran inauguración. La ceremonia de bautismo empezaba. La casita era de los dos.

Los muchachos llegaban en bandas, solos, en parejas, pero llegaban. Sin falta. A eso de las dos y media se abrió la puerta como aliviándolos de un misterio: el muy hijo de puta venía con la rubia caramelo, se la había levantado nomás, era cierto. La mina de la tele, la del reality show. La piba era un espectáculo, desfilaba de lo lindo del brazo del San, se le enredaban las piernas a la muy jirafona ¡Qué alegría les dio ver al nene mostrando su carnada de oro! Quién te viera y quién te ve al ritmo del bombón asesino.

Allá, en la puerta de la cocina se cagaron de risa. Un flaco que había venido con nadiesabíaquién contaba chistes verdes para un grupete de cinco que le festejaba. La sensación era que la cerveza nunca se acababa. Siempre había alguien destapando, otra vez, la espuma sin fin.
La japonesa, la diploma de honor de la Fadu, se sumó a la pista mientras sonaban los Smiths. Se había pasado la noche hablando de lo nuevo que venía de Europa y de lo harta que estaba de las calzas de esta temporada. Rock para chicas 10, pensó el dueño de la fiesta mirando cómo meneaba. Hacía rato que le tenía ganas.

Ahí estaban todos, sacudiendo cachas, amontonados en el sonido del DJ Cacho y la piecita 4x3. Golosos de roce. Aplicando la diversión. El aire estaba manchado por el ritmo. La noche les daba la única luz que necesitaban.

Menos mal que Cachito tuvo la idea de los Patis, dijo el otro dueño de la joda, porque apenas la bebida se asentó en el estómago entraron a salir Patis fríos para todos ¡Qué microondas ni nada! No hubo tiempo, había que saciar urgente a la masa. Esa cosita amorfa, un poco de todos y de nadie que eran.

Clausurando la noche se había armado una linda cola para el baño, hasta la rubia golden esperaba su turno. Los de adelante aprovechaban para sacarle el cuero a un tal de la facultad y los últimos, tirados al piso cerraban los ojos durante un rato, hasta que les tocara.
Afuera, la oscuridad empezaba a esconderse pero adentro, en el departamentito, la juventud todavía estallaba.

27.4.08

Putas asesinas[fragmento]

—(El tipo llora, también pareciera que intenta hablar, pero en realidad son hipidos, espasmos provocados por el llanto los que mueven sus mejillas, sus pómulos, el lugar donde se adivinan los labios.)

—Como dicen los gángsters, no es nada personal, Max. Por supuesto, en esa
aseveración hay algo de verdad y algo de mentira. Siempre es algo personal. Hemos llegado indemnes a través de un túnel del tiempo porque es algo personal. Te he elegido a ti porque es algo personal. Por descontado, nunca antes te había visto. Personalmente nunca hiciste nada contra mí. Esto te lo digo para tu tranquilidad espiritual. Nunca me violaste. Nunca violaste a nadie que yo conociera. Puede incluso que nunca hayas violado a nadie. No es algo personal. Tal vez yo esté enferma. Tal vez todo es producto de una pesadilla que no soñamos ni tú ni yo, aunque te duela, aunque el dolor sea real y personal. Sospecho, sin embargo, que el fin no será personal. El fin, la extinción, el gesto con el que todo esto se acaba irremediablemente. Y aún más, personal o impersonalmente, tú y yo volveremos a entrar en mi casa, a contemplar mis cuadros (el príncipe y la princesa), a beber cervezas, a desnudarnos, yo volveré a sentir tus manos que recorren con torpeza mi espalda, mi culo, mi entrepierna, buscando tal vez mi clítoris, pero sin saber dónde se encuentra exactamente, volveré a desnudarte, a coger tu polla con mis dos manos y a decirte que la tienes muy grande cuando en realidad no la tienes muy grande, Max, y eso deberías haberlo sabido, y volveré a metérmela en la boca y a chupártela como probablemente nadie te la había chupado, y luego te desnudaré y dejaré que tú me desnudes, una de tus manos ocupada en mis botones, la otra sosteniendo un vaso de whisky, y te miraré a los ojos, esos ojos que vi en la televisión (y que volveré a soñar) y que hicieron que fuera a ti a quien eligiera, y volveré a repetirme que no es nada personal, volveré a decirte, a decirle a tu recuerdo nauseabundo y eléctrico que no es nada personal, y aun entonces tendré mis dudas, tendré frío como ahora tengo frío, intentaré recordar todas tus palabras, hasta las más insignificantes, y no podré hallar en ellas consuelo.

—(El tipo vuelve a sacudir la cabeza con gestos de afirmación. ¿Qué intenta decir? Imposible saberlo. Su cuerpo, mejor dicho sus piernas, experimentan un fenómeno curioso: por momentos un sudor tan abundante y espeso como el de la frente las cubren, sobre todo por la cara interna, por momentos pareciera que tiene frío y la piel, desde las ingles hasta las rodillas, adquiere una textura áspera, si no al tacto sí a la vista.)

—Tus palabras, lo reconozco, han sido amables. Temo, sin embargo, que no has pensado suficientemente bien lo que decías. Y menos aún lo que yo decía. Escucha siempre con atención, Max, las palabras que dicen las mujeres mientras son folladas. Si no hablan, bien, entonces no tienes nada que escuchar y probablemente no tendrás nada que pensar, pero si hablan, aunque sólo sea un murmullo, escucha sus palabras y piensa en ellas, piensa en su significado, piensa en lo que dicen y en lo que no dicen, intenta comprender qué es lo que en realidad quieren decir. Las mujeres son putas asesinas, Max, son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad, llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir. En el equívoco vivimos y planeamos nuestros ciclos de vida. Para tus amigos, Max, en ese estadio que ahora se comprime en tu memoria como el símbolo de la pesadilla, yo sólo fui una buscona extraña, un estadio dentro del estadio, al que algunos llegan después de bailar una conga con la camiseta enrollada en la cintura o en el cuello. Para ti yo fui una princesa en la Gran Avenida fragmentada ahora por el viento y el miedo (de tal modo que la avenida en tu cabeza ahora es el túnel del tiempo), el trofeo particular después de una noche mágica colectiva. Para la policía seré una página en blanco. Nadie comprenderá jamás mis palabras de amor. Tú, Max, ¿recuerdas algo de lo que dije mientras me la metías?

—(El tipo mueve la cabeza, la señal es claramente afirmativa, sus ojos húmedos dicen que sí, sus hombros tensos, su vientre, sus piernas que no dejan de moverse mientras ella no lo mira, tratando de desatarse, su yugular que palpita.)

—¿Recuerdas que dije el viento? ¿Recuerdas que dije las calles subterráneas? ¿Recuerdas que dije tú eres la fotografía? No, en realidad no lo recuerdas. Tú bebías demasiado y estabas demasiado ocupado con mis tetas y con mi culo. Y no entendiste nada, de lo contrario habrías salido corriendo a la primera oportunidad. Eso ahora te gustaría, ¿verdad, Max? Tu imagen, tu otro yo corriendo por el jardín de mi casa, saltando la verja, alejándote calle arriba a grandes zancadas, como un atleta de mil quinientos metros, a medio vestir aún, tarareando alguno de tus himnos para infundirte valor, y luego, tras veinte minutos de carrera, exhausto, en el bar donde te esperan los miembros de tu grupo o banda o peña o brigada o pandilla o como se llame, llegar y beber una jarra de cerveza, decir chavales no tenéis idea de lo que me ha ocurrido, han intentado matarme, una jodida puta del extrarradio de la ciudad, de las afueras de la ciudad y del tiempo, una puta del más allá que me vio en la tele (¡salimos en la tele!) y que me llevó en su moto y que me la chupó y que me ofreció su culo y que me dijo palabras que al principio me sonaron misteriosas pero que luego entendí, o mejor dicho sentí, una puta que me dijo palabras que sentí con el hígado y con los huevos y que al principio me parecieron inocentes o cachondas o producto de mi lanza que le llegaba hasta las entrañas, pero que luego ya no me parecieron tan inocentes, chavales, os lo voy a explicar, ella no paraba de murmurar o susurrar mientras la cabalgaba, ¿normal, no?, pero no era normal, no tenía nada de normal, una puta que susurra mientras se la follan, y entonces yo escuché lo que decía, chavales, camaradas, escuché sus
putas palabras que se abrían paso como una barca en un mar de testosterona, y entonces fue como si ese mar de testosterona, ese mar de semen se estremeciera ante una voz sobrenatural, y el mar se encogió, se replegó en sí mismo, el mar desapareció, chavales, y todo el océano se quedó sin mar, toda la costa sin mar, sólo piedras y montañas, precipicios, cordilleras, fosas oscuras y húmedas de miedo, y sobre esa nada la barca siguió navegando y yo la vi con mis dos ojos, con mis tres ojos, y dije no pasa nada, no pasa nada, cariño, cagado de miedo, fosilizado de miedo, y luego me levanté intentando que no se me notara, que no se me notara el cangueli, y dije que iba al baño a desaguar el canario, a jiñar un ratito, y ella me miró como si hubiera recitado a John Donne, chavales, como si hubiera recitado a Ovidio, y yo retrocedí sin dejar de mirarla, sin dejar de mirar la barca que avanzaba inconmovible por un mar de nada y de electricidad, como si el planeta Tierra estuviera naciendo otra vez y sólo yo estuviera allí para dar fe del nacimiento, ¿pero dar fe a quién, chavales?, a las estrellas, supongo, y cuando me vi en el pasillo fuera del alcance de su mirada, de su deseo, en vez de abrir la puerta del baño me deslicé hasta la puerta de la calle y atravesé el jardín rezando y salté la tapia y me puse a correr calle arriba como el último atleta de Maratón, el que no trae noticias de victoria sino de derrota, el que no es escuchado ni celebrado ni nadie le tiende un cuenco de agua, pero que llega vivo, chavales, y que además comprende la lección: en ese castillo no entraré, esa senda no la recorreré, esas tierras no atravesaré. Aunque me señalen con el dedo. Aunque todo esté en mi contra.

[roberto bolaño]

21.4.08

Se equivocaban de departamento

El 24 de marzo (1976), los militares argentinos, y dale, tomaron el poder, o así, al menos: o así al menos-para decirlo todo-ellos lo creyeron. La verdad es que el poder lo tomaron los banqueros, los que, ¿los que?, como es tradicional en la Argentina, se pasan la vida rompiéndoles el (los) culos a los militares argentinos. Y gozan con ello: los militares argentinos y los banqueros (que se los cojen). Los militares. Argentinos, y los banqueros. Argentinos, y de cualquier otra nacionalidad, si es que existe-Dud, lo dudo-otra nacionalidad.
LOS MILITARES ARGENTINOS
LOS PREFIEREN EXTRANJEROS
sin embargo.

El por qué ahora del título de esta sección o de este aparte. Los banqueros les ordenaron a sus Lacays lacayos los militares argentinos, que “liquidaran” (eliminación física o physi-ka) por lo menos a 10.850-diez mil ochocientos cincuenta, en los documentos de la ONU consta, la cifra exacta consta: confrontar-digo, decíamos, 10.850 sindicalistas, dirigentes estudiantiles, obreros de protesta, artistas social-cristianos, científicos social-demócratas, cuadros Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo, peronistas de todo pelaje y calambre, abogados y médicos de presos políticos, presos políticos a los que se sacaba de sus celdas y se los ejecutaba en campitos, en baldíos, en los lejos de los lugares más lejanos, en fin: la “ley de fuga”-generales argentinos, con esto (esto) de la “ley de fuga”, se divirtieron mucho: les pareció gracioso-. Bueno, ellos se divierten hasta con los programas de televisión, bueno. La cabeza (Perón decía: “No es que tengan las armas de adorno, lo que tienen de adorno es la cabeza”), bueno. La cabeza: no les da para más. Y hete aquí que llegamos. Primero: al por qué del título. Segundo: a la cabeza, a esa cabeza que no les da la cabeza. Los banqueros les dieron la orden-y se quedaron: muy tranquilos- supusieron (supusieron mal) que los 10.850 serían asesinados de una manera inteligente y racional. Subrayados aparte (el subrayado es mío), no se trataba de una suposición tan descabellada: después de todo, para tirar del gatillo contra gente indefensa no se necesita ser una lumbrera. Pero, ¡pero!, los generales argentinos…se equivocan de departamento, entendían…mal. ¿Habrá, yo me pregunto, alguna cosa que entiendan…bien? Quizá, las chacharadas (porcinas) de sus mujeres de tobillos gruesos. El caso. Hubo miles de casos ONU.
Gracioso, sí. El caso es que los mandaban, por ejemplo, a liquidar a los habitantes del 4º “B” (promedio de perforaciones: 72-setenta y dos-balazos en cada cuerpo, mujeres y niños incluidos, of course, ah, y también ancianos, aunque postrados yacieran, enfermos en sus lechos: me parece, creo, que esto se llama ensañamiento).
Pero-rima- en miles de casos ONU, se equivocaban de departamento (casi rima: ensañamiento). Estos pelotudos en vez de entender, por ejemplo, 4º “B”-claramente les habían dicho: ¡4º “B”, 4º “B”!-lo que registraban en sus calimestroquis en o, romos como porongos, era, por ejemplo, 6º “C”. Entonces a la mierda, a la mierda, al infierno entonces (ONU) todos los habitantes del desdichado 6º “C”. Todavía hoy, y no vaya a creerse que la cosa ha terminado, la siguen, una pediatra que además es investigador y psicólogo experimental, hoy todavía se lamenta (ONU) por el asesinato “equivocado” de un paciente suyo, un bebito de dieciocho (18) días “respecto” del cual tenía grandes esperanzas: parece que los reflejos del bebito y sus respuestas a las pruebas de estimulación eran supranormales. El pediatra, incluso, pensaba financiarle a la familia del bebé prodigio, de su propio peculio, un viaje a Estocolmo porque quería recabar la opinión de otros: otros afamados especialistas.
La verdad, una verdadera lástima.
¿El 4º “B” o el 6º “C”? Se confundían, se hacían un lío: para ellos, son cosas muy difíciles.
Con los bebés y los niños no mayores de diez (10) años (ONU), no utilizaban el procedimiento-ahora sí rima: ensañamiento-de los 72 (setenta y dos) balazos. A los bebés les volaban la cabeza con un disparo de pistola calibre 45 (cuarenta y cinco). A los mayores, en edad ya de la razón, también. Pero a ellos además les dirigían la palabra:
-A vos, mejor te matamos ahora. Total, con lo que viste que le hicimos a tu familia, cuando crezcas te vas a hacer de izquierda, o social-demócrata, o social-cristiano. Mejor te matamos ahora, mejor te matamos ahora, mejor te matamos ahora-les decían. Y después un tiro en la nuca.
(ONU)
Sí señor. Sí, señor: se equivocaban de departamento.
[osvaldo lamborghini]

20.4.08

higos

Mamá, esta tarde es nuestra. Papá estará en la labranza; tu labor es pequeña y celeste, o tienes un plato con dulces de higo. El higo parece un santo; mira sus vestidos color violeta y color de azúcar.
Dices: ¡Estos higos! ¡Cómo brotan! Están extraordinarios. Los llevaré a la iglesia.
– Sí. (Por ahí alguien te responde). Que los maten. Estos higos son el diablo.
Decimos que no y que no, con la cabeza. Pero, desde los higos saltan dos penes rojos, morados, diminutos. Uno para cada una.
Vienen a nosotras; nos pasan los cendales, haciendo una leve escritura en la superficie, se van a lo hondo y allí trazan fuertes letras, rodeadas de diabluras.
Nos cubrimos la cara con el manto, con las manos.
Locas de vergüenza y gusto.
Por unos segundos estamos encintas, luego nos ruedan gotas de néctar por las piernas y se van al suelo.
Y mañana nacen unos seres chiquititos, misteriosos, abrillantados.
Que se parecen a los higos, a mí y a mamá.
Nos vestimos de blanco para estas citas.

[marosa di giorgio]

19.4.08

4.48, la psicosis de la kane [fragmento]

Síntomas: Inapetencia, insomnio, no habla, sin motivación sexual, desesperada, quiere morir.

Diagnóstico: Malestar patológico.


Sertraline, 50mg. Insomnio empeora, ansiedad severa, anorexia, (pérdida de peso 17 kilos,) incremento de pensamientos suicidas, planes e intenciones. Suspendida tras ser hospitalizada.

Zopiclone,7.5mg. Dormida. Suspendida por reacción alérgica cutánea. La paciente intentó dejar el hospital en contra de la opinión de los médicos. Neutralizada por tres enfermeros del doble de su tamaño.
La paciente se muestra amenazante y no coopera. Pensamientos paranoicos -cree que el personal del hospital pretenden envenenarla.

Mellerin, 50mg. Coopera.

Lofepramine, 70mg, aumentada a 140mg, y luego a 210mg. Gana peso 12 kg. Pérdida de la memoria reciente. No más reacciones.

Discusión con doctora residente a quien acusa de traición después de lo cual se afeitó la cabeza y se cortó los brazos con una cuchilla de afeitar.

Paciente dada de alta y entregada al cuidado del centro de salud debido a la llegada de emergencia de un paciente sicótico con mayor necesidad de una cama de hospital.

Citalopram, 20mg. Temblores matutinos. No más reacciones.


Lofepramine y Citalopram suspendidos después que la paciente se hartó de los efectos secundarios y la ausencia de mejoría evidente. Síntomas de la suspensión: mareo y confusión. La paciente se mantenía cayendo, desmayándose, y saliendo a la calle directo a los autos. Ideas engañosas -cree que el médico es el anticristo-


Flouxetina hidrocloruro, nombre comercial Prozac, 20mg, aumentada a 40 mg. Insomnio, apetito desordenado (pérdida de peso 14kgs), ansiedad severa, imposibilitada para alcanzar un orgasmo, pensamientos homicidas hacia varios médicos y farmaceutas. Suspendida.


Humor: Putamente furiosa.
Efecto: Muy furiosa.


Thorazine, 100mg. Durmió. Más calmada.



Venlafaxina, 75mg, aumentada a 150mg,después a 225 mg. Mareo, tensión baja, dolores de cabeza. No más reacciones. Suspendida.

La paciente rechazó Seroxat. Hipocondría- menciona parpadeo espasmódico y severa falta de memoria como evidencia de disquinesia tardía y demencia tardía-

Rechaza todo tratamiento.

100 aspirinas y una botella de Cabernet Sauvignon búlgar, 1986.
La paciente se despertó en un charco de vómito y dijo “ dormir como un perro y despertar llena de pulgas” . Dolor de estómago severo. No más reacciones.

[sarah kane]

14.4.08


Cuando doblé la esquina de Salta hacia la calle Belgrano, me acordé que en el apuro había dejado los puchos sobre la heladera. Hacia la calle Belgrano me acordé que había estado fumando mientras empanaba las milanesas del mediodía. No volví. Crucé la avenida al humo, piqué una diagonal entre bocinazos y puteadas de automovilistas, violentando las reglas de seguridad vial. Aproveché el impulso atleta y con las milanesas del mediodía rebotándome todavía en el estómago, seguí la corrida hasta la mitad de cuadra donde mi vozarrón ahogado, aplastado y asesinado a causa del vil deporte alcanzó a pedirle al kiosquero de la cuadra los Jockey de veinte y una cajita de fósforos, sin olvidarme de los Jorgito de leche para el mate de la tardecita. Llevaba uno para cada uno de nosotros. Los kioscos nunca abundan. Nunca se sabe dónde se esconden, pensé. Debería haber como mínimo uno por manzana. Mientras recuperaba el aliento aproveché para volver a la rutina de abrir atados. En la parada tuve tiempo suficiente para darle unos besos a mi droga. Di una larga y furiosa última seca cuando hice foco: era el gigante amarillo y se acercaba a las chapas. Tendí la mano hacia el asfalto mientras mi zapatilla hundía el pucho en la vereda, apagando sus últimos fuegos. A las chapas el gigante amarillo se acercaba y sus luces fosforescentes de boliche barato, su quemeimporta quien venga por delante, su frenada pedorrera, su desparpajo mamarracho de reventado rockstar, me causaron una extraña sensación de felicidad: era él y venía por mí. Lo conocía de memoria: el gran 98, el único que me llevaría, como todos los viernes a la quinta, en las cercanías del balneario de Quilmes.
Sin saludar: uno cuarenta y me senté en la fila del fondo, contra la ventanilla. Abrí la mochila y pensé: qué suerte no volví. Crucé la avenida al humo, piqué la diagonal entre bocinazos y puteadas de automovilistas, violentando las reglas de seguridad vial. Aproveché el impulso atleta y con las milanesas del mediodía rebotándome todavía en el estómago, seguí la corrida hasta la mitad de cuadra donde mi vozarrón ahogado, aplastado y asesinado a causa del vil deporte alcanzó a pedirle al kiosquero de la cuadra los Jockey de veinte y una cajita de fósforos, sin olvidarme de los Jorgito de leche para el mate de la tardecita. Llevaba uno para cada uno de nosotros pero la maratón, la corrida hasta la mitad de cuadra con la milanesa del mediodía rebotándome todavía en el estómago curiosamente me había despertado el hambre. Empecé con la rutina de abrir Jorgitos. Los kioscos nunca abundan, pensé. Nunca se sabe dónde se esconden. Mucho menos los viernes cuando bajaba del gran 98, como tantas otras veces camino a la quinta, en las cercanías del balneario de Quilmes.

3.4.08

las cucarachas [fragmento]

“No he mentido”, dijo y sus labios se hincharon y se tornaron pequeños al mismo tiempo. Sentí que coqueteaba conmigo como una mujer coquetea con un hombre. “Lo de las cucarachas es verdad, tú mismo debes recordar…” Me sentí turbado. Realmente, yo recordaba aquella invasión de cucarachas, aquella riada de enjambres negros que llenaban la oscuridad nocturna con su correteo. Todas las rendijas estaban pobladas de antenas temblorosas, de cada intersticio podía brotar bruscamente una cucaracha, en cada fisura de suelo podía anidar ese relámpago negro, corriendo el suelo en un zigzag enajenado. ¡Ah, estos gritos de terror del padre saltando de silla en silla con un venablo en la mano! Sin aceptar alimentos ni bebidas, los rubores de la fiebre en sus mejillas, con una convulsión de rechazo grabada alrededor de sus labios, mi padre se tornó completamente salvaje. Una terrible repulsión había transformado su rostro en una máscara trágica, yerta, donde sólo las pupilas se agazapaban, ocultas bajo el párpado inferior, tensas cual cuerdas de arcos, en una eterna desconfianza. Súbitamente, con un grito estremecedor, saltaba del asiento, se precipitaba a ciegas hacia un rincón de la habitación, y ya levantaba el venablo en cuya punta se hallaba clavada una enorme cucaracha que se estremecía desesperadamente moviendo la maraña de sus patas. Adela venía entonces en ayuda de mi padre pálido de terror y se llevaba la lanza con el trofeo cosido en su punta que ella se disponía a ahogar en un barreño. Ya entonces no hubiera sabido decir si estas imágenes me habrían sido inculcadas por los relatos de Adela o si yo mismo había sido testigo de ellas. Mi padre no poseía entonces esta fuerza de resistencia que protege a los hombres sanos de la fascinación de la repulsión. En lugar de arrancarse de la terrible fuerza de atracción de este hechizo, mi padre, abandonado a la locura, se encenagaba en ella más y más. Sus tristes consecuencias no se hicieron esperar mucho tiempo. Pronto aparecieron los primeros síntomas sospechosos, que nos colmaron de angustia y pena. El comportamiento del padre había cambiado. El frenesí, la euforia de su excitación, parecía apaciguarse. En sus gustos, y en su mímica empezaron a revelarse indicios de mala conciencia. Nos evitaba. Se escondía durante días enteros en los rincones, los armarios, bajo el edredón. Lo veía a menudo pensativo, mirando sus manos, examinando la consistencia de su piel, de sus uñas, en las cuales empezaban a aparecer manchas negras, tan negras y relucientes como el caparazón de una cucaracha.

[bruno schulz. las tiendas de color canela]

31.3.08

s/t

Como de costumbre, ritual de recién amanecida, quedó panza arriba, abriendo los ojos, cabeza sobre la almohada, clavadando la mirada al techo. Hundiéndose en la profundidad del cielo raso y absorta en los figurines con pretensiones surrealistas de las manchas de humedad. El insistente teléfono que la llama desde hace un rato no va a lograr nunca ser atendido. Jamás por esta Ana: la tirada al suelo, la vaga, la pancha recostada, a la que le chupa todo un huevo.

Son más de las ocho del domingo. Con ese camisón roto que la deja al borde de lo desnudo, descalza y despeinada por la revolución del sueño, permanece parada en el medio de la sala, haciendo un esfuerzo de superhéroe para no volver a la cama. Descubre que dejó la puerta balcón abierta. Afuera es uno de esos días calcados de una propaganda de aerolínea: cielo azul turquesa sin nubes, una brisa liviana que hace flamear las cortinas y apenas le eriza la piel desnuda, de pollo ahora. Desde el balcón, en las alturas de la cuidad porteña ella mira hacia el Ital Park, sacandose con el índice zurdo las lagañas.

[primero lo primero]