
Los muchachos llegaban en bandas, solos, en parejas, pero llegaban. Sin falta. A eso de las dos y media se abrió la puerta como aliviándolos de un misterio: el muy hijo de puta venía con la rubia caramelo, se la había levantado nomás, era cierto. La mina de la tele, la del reality show. La piba era un espectáculo, desfilaba de lo lindo del brazo del San, se le enredaban las piernas a la muy jirafona ¡Qué alegría les dio ver al nene mostrando su carnada de oro! Quién te viera y quién te ve al ritmo del bombón asesino.
Allá, en la puerta de la cocina se cagaron de risa. Un flaco que había venido con nadiesabíaquién contaba chistes verdes para un grupete de cinco que le festejaba. La sensación era que la cerveza nunca se acababa. Siempre había alguien destapando, otra vez, la espuma sin fin.
La japonesa, la diploma de honor de la Fadu, se sumó a la pista mientras sonaban los Smiths. Se había pasado la noche hablando de lo nuevo que venía de Europa y de lo harta que estaba de las calzas de esta temporada. Rock para chicas 10, pensó el dueño de la fiesta mirando cómo meneaba. Hacía rato que le tenía ganas.
Ahí estaban todos, sacudiendo cachas, amontonados en el sonido del DJ Cacho y la piecita 4x3. Golosos de roce. Aplicando la diversión. El aire estaba manchado por el ritmo. La noche les daba la única luz que necesitaban.
Menos mal que Cachito tuvo la idea de los Patis, dijo el otro dueño de la joda, porque apenas la bebida se asentó en el estómago entraron a salir Patis fríos para todos ¡Qué microondas ni nada! No hubo tiempo, había que saciar urgente a la masa. Esa cosita amorfa, un poco de todos y de nadie que eran.
Clausurando la noche se había armado una linda cola para el baño, hasta la rubia golden esperaba su turno. Los de adelante aprovechaban para sacarle el cuero a un tal de la facultad y los últimos, tirados al piso cerraban los ojos durante un rato, hasta que les tocara.
Afuera, la oscuridad empezaba a esconderse pero adentro, en el departamentito, la juventud todavía estallaba.