Me subí como pude. La chancha ya estaba en marcha y algunos colgados de las puertas formaban montoncitos de pasajeros. Rebalsaba como siempre de lunes a viernes en hora pico. Mi tren no conoce de alta velocidad, mucho menos apenas despegando del andén diez donde siempre para. Pero el guarda hizo sonar el pito y ahora somos unos cuantos los que nos lanzamos en la corrida para poder atraparla. Mientras me apuro el bolso me golpea, me llena de piñas el estómago. Calzo mi zapatilla sobre el escalón metálico y de un salto me prendo del estribo. Ya estoy arriba. Mi pelo largo al viento y un cachetazo de correntada en la cara. Soy feliz en esta escalinata. Soy reina de una carroza diesel. Soy la vedette del ramal Glew-Plaza.
29.4.08
Quiero vale cuatro, cantó la vieja. Y la jeta del tío Carloncho empezó a desfigurarse cuando le mostró la carta brava. Esa cara nos daba miedo a todos, sobre todo a la prima Lele y a mí. Se decían cosas del tío, los grandes decían cosas y nosotras escuchábamos todo. Fuimos inventando al tío a través de esas historias.
No era fácil sacarle la ventaja en el truco. Andaba siempre con el mazo de españolas en el bolsillo. Acumulando partidas en los barsuchos del barrio de la Boca, donde vivía. Años atrás metido en Devoto escribiéndole cartas a la abuela. Pasó que un par de tipos se le hicieron los vivos y se llevaban la guita apostada: la trampa quedó al desnudo y la botella voló sobre la cabeza del que según el mismo tío, pedía a gritos que lo fajaran. Ahí nomás se armó. Sin un gesto que lo marcara los cuatro socios de esa vuelta se levantaron y como en una danza lo apretujaron al primero contra la barra, mientras el segundo se volcaba desmayado en la silla. Lo agarraron bien atajándole las manos desde atrás para que el tío pudiera darle de lleno en la cara. Un enchastre. Se dice que lloraba y pedía perdón aunque no sirvió de nada. Cuando vino la cana Carloncho fue el primero en entregarse. El único. Los demás se las habían tomado. Se dice que apenas escuchó las sirenas agachó la mirada y se sentó en una mesa, contra la ventana. Se quedó esperando que llegaran, así, mirando al piso serio y solo. Con la decisión tomada.
Pero ese domingo fue otra cosa: habíamos armado tempranito la mesa. Tablones sobre caballetes y el mantel de plástico transparente para que no se manchara nada. Todo listo. Listos y bañados para el mediodía. Los jugadores titulares del campeonato eran los honorables cuatro: papá, la abuela, y esa vez sobre la marcha se nos sumó Don Ediberto, el vecino de la vuelta. Plomero, gasista y últimamente destapador de cloacas que venía laburando en el camión de la 71. Ese día andaba de franco. Hombre de las changas en casa, confianza y mano derecha de papá. Y por supuesto el tío Carloncho que nunca faltaba. Llegó con una sorpresa: era el último casette de Xuxa envuelto en papel de regalo rosa para la prima Lele y para mí que sin perder tiempo hicimos sonar y bailar y cantar una y otra vez como nunca más.
El asadito estaba en marcha, cuando las brasas estuvieron a punto decidieron tirar toda la carne y las achuras al fuego. Los chicos siempre comíamos en una mesita petisa que nos ponían aparte. Apenas lo crudo iba largando su olor a cocido. Apenas el crujir que venía desde la parrilla se escuchaba en el patio. Entonces venían los cantitos de ¡quereeemos comer! junto con los choripanes que largaban antes para que nos dejáramos de joder de una vez por todas. Mamá preparaba la ensalada en la cocina y a veces nos poníamos a darle una mano con la condimentada. Lo mío era el aceite y mi prima le echaba sal. Revolvíamos con ambas manos y después nos chupábamos los dedos. Los de afuera, los de la partida, se reían mientras el tinto bajaba. De cero y abuela esta vez estaba en pareja con el tío que anotaba los puntos de la mano mientras que mi viejo y el vecino armaban la contra.
De golpe y porrazo se nos vino la noche: la balacera se abrió sobre el envite de envido. Los chorros habían cruzado el campito y se metieron por atrás de la casa, escapando de la cana. Eran dos y el oficial de la policía que los corría. El patrullero venía escoltándolos como a la cuadra. Irrumpieron en medio de la partida meta tiro de calibre 22, después dirían los peritos. Mamá que salía con la de papa y huevo apenas alcanzó a tirarse de cara al piso y que no le hincaran los vidrios de la ensaladera rota del espanto y los gritos. El vecino y papá quedaron paralizados, prendidos de las cartas, apretando culos contra la silla para no cagarse encima. El tío Carloncho, que se había levantado para cubrir a su viejita, para abrazarla contra su pecho, para que no le pasara nada, fue quien ardió al fuego de las balas. Una a una se fueron acumulando en su espalda. Fueron seis, me enteré más tarde. Pero en ese momento, para mi prima y para mí y para todos los que estaban, firmes y sordos viviendo la película llegamos a contar cerca de ocho, diez. Es más. Eran once seguro, diría el vecino en shock prestando declaración en la comisaría.
A veces me acuerdo de la cara del tío, ahí todo tirado en la tierra. Y nosotras todavía bajo la mesa donde un rato antes el chindolelé y la fiesta. Si hasta parecía que nos miraba. Y nos señalaba con su mano larga y ese anillo de oro, piedra negra brillante. También me acuerdo del olor a quemado y la carne seca sobre la parrilla.
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