Síntomas: Inapetencia, insomnio, no habla, sin motivación sexual, desesperada, quiere morir.
Diagnóstico: Malestar patológico.
Sertraline, 50mg. Insomnio empeora, ansiedad severa, anorexia, (pérdida de peso 17 kilos,) incremento de pensamientos suicidas, planes e intenciones. Suspendida tras ser hospitalizada.
Zopiclone,7.5mg. Dormida. Suspendida por reacción alérgica cutánea. La paciente intentó dejar el hospital en contra de la opinión de los médicos. Neutralizada por tres enfermeros del doble de su tamaño.
La paciente se muestra amenazante y no coopera. Pensamientos paranoicos -cree que el personal del hospital pretenden envenenarla.
Mellerin, 50mg. Coopera.
Lofepramine, 70mg, aumentada a 140mg, y luego a 210mg. Gana peso 12 kg. Pérdida de la memoria reciente. No más reacciones.
Discusión con doctora residente a quien acusa de traición después de lo cual se afeitó la cabeza y se cortó los brazos con una cuchilla de afeitar.
Paciente dada de alta y entregada al cuidado del centro de salud debido a la llegada de emergencia de un paciente sicótico con mayor necesidad de una cama de hospital.
Citalopram, 20mg. Temblores matutinos. No más reacciones.
Lofepramine y Citalopram suspendidos después que la paciente se hartó de los efectos secundarios y la ausencia de mejoría evidente. Síntomas de la suspensión: mareo y confusión. La paciente se mantenía cayendo, desmayándose, y saliendo a la calle directo a los autos. Ideas engañosas -cree que el médico es el anticristo-
Flouxetina hidrocloruro, nombre comercial Prozac, 20mg, aumentada a 40 mg. Insomnio, apetito desordenado (pérdida de peso 14kgs), ansiedad severa, imposibilitada para alcanzar un orgasmo, pensamientos homicidas hacia varios médicos y farmaceutas. Suspendida.
Humor: Putamente furiosa.
Efecto: Muy furiosa.
Thorazine, 100mg. Durmió. Más calmada.
Venlafaxina, 75mg, aumentada a 150mg,después a 225 mg. Mareo, tensión baja, dolores de cabeza. No más reacciones. Suspendida.
La paciente rechazó Seroxat. Hipocondría- menciona parpadeo espasmódico y severa falta de memoria como evidencia de disquinesia tardía y demencia tardía-
Rechaza todo tratamiento.
100 aspirinas y una botella de Cabernet Sauvignon búlgar, 1986.
La paciente se despertó en un charco de vómito y dijo “ dormir como un perro y despertar llena de pulgas” . Dolor de estómago severo. No más reacciones.
[sarah kane]
14.4.08

Cuando doblé la esquina de Salta hacia la calle Belgrano, me acordé que en el apuro había dejado los puchos sobre la heladera. Hacia la calle Belgrano me acordé que había estado fumando mientras empanaba las milanesas del mediodía. No volví. Crucé la avenida al humo, piqué una diagonal entre bocinazos y puteadas de automovilistas, violentando las reglas de seguridad vial. Aproveché el impulso atleta y con las milanesas del mediodía rebotándome todavía en el estómago, seguí la corrida hasta la mitad de cuadra donde mi vozarrón ahogado, aplastado y asesinado a causa del vil deporte alcanzó a pedirle al kiosquero de la cuadra los Jockey de veinte y una cajita de fósforos, sin olvidarme de los Jorgito de leche para el mate de la tardecita. Llevaba uno para cada uno de nosotros. Los kioscos nunca abundan. Nunca se sabe dónde se esconden, pensé. Debería haber como mínimo uno por manzana. Mientras recuperaba el aliento aproveché para volver a la rutina de abrir atados. En la parada tuve tiempo suficiente para darle unos besos a mi droga. Di una larga y furiosa última seca cuando hice foco: era el gigante amarillo y se acercaba a las chapas. Tendí la mano hacia el asfalto mientras mi zapatilla hundía el pucho en la vereda, apagando sus últimos fuegos. A las chapas el gigante amarillo se acercaba y sus luces fosforescentes de boliche barato, su quemeimporta quien venga por delante, su frenada pedorrera, su desparpajo mamarracho de reventado rockstar, me causaron una extraña sensación de felicidad: era él y venía por mí. Lo conocía de memoria: el gran 98, el único que me llevaría, como todos los viernes a la quinta, en las cercanías del balneario de Quilmes.
Sin saludar: uno cuarenta y me senté en la fila del fondo, contra la ventanilla. Abrí la mochila y pensé: qué suerte no volví. Crucé la avenida al humo, piqué la diagonal entre bocinazos y puteadas de automovilistas, violentando las reglas de seguridad vial. Aproveché el impulso atleta y con las milanesas del mediodía rebotándome todavía en el estómago, seguí la corrida hasta la mitad de cuadra donde mi vozarrón ahogado, aplastado y asesinado a causa del vil deporte alcanzó a pedirle al kiosquero de la cuadra los Jockey de veinte y una cajita de fósforos, sin olvidarme de los Jorgito de leche para el mate de la tardecita. Llevaba uno para cada uno de nosotros pero la maratón, la corrida hasta la mitad de cuadra con la milanesa del mediodía rebotándome todavía en el estómago curiosamente me había despertado el hambre. Empecé con la rutina de abrir Jorgitos. Los kioscos nunca abundan, pensé. Nunca se sabe dónde se esconden. Mucho menos los viernes cuando bajaba del gran 98, como tantas otras veces camino a la quinta, en las cercanías del balneario de Quilmes.
Sin saludar: uno cuarenta y me senté en la fila del fondo, contra la ventanilla. Abrí la mochila y pensé: qué suerte no volví. Crucé la avenida al humo, piqué la diagonal entre bocinazos y puteadas de automovilistas, violentando las reglas de seguridad vial. Aproveché el impulso atleta y con las milanesas del mediodía rebotándome todavía en el estómago, seguí la corrida hasta la mitad de cuadra donde mi vozarrón ahogado, aplastado y asesinado a causa del vil deporte alcanzó a pedirle al kiosquero de la cuadra los Jockey de veinte y una cajita de fósforos, sin olvidarme de los Jorgito de leche para el mate de la tardecita. Llevaba uno para cada uno de nosotros pero la maratón, la corrida hasta la mitad de cuadra con la milanesa del mediodía rebotándome todavía en el estómago curiosamente me había despertado el hambre. Empecé con la rutina de abrir Jorgitos. Los kioscos nunca abundan, pensé. Nunca se sabe dónde se esconden. Mucho menos los viernes cuando bajaba del gran 98, como tantas otras veces camino a la quinta, en las cercanías del balneario de Quilmes.
3.4.08
las cucarachas [fragmento]
“No he mentido”, dijo y sus labios se hincharon y se tornaron pequeños al mismo tiempo. Sentí que coqueteaba conmigo como una mujer coquetea con un hombre. “Lo de las cucarachas es verdad, tú mismo debes recordar…” Me sentí turbado. Realmente, yo recordaba aquella invasión de cucarachas, aquella riada de enjambres negros que llenaban la oscuridad nocturna con su correteo. Todas las rendijas estaban pobladas de antenas temblorosas, de cada intersticio podía brotar bruscamente una cucaracha, en cada fisura de suelo podía anidar ese relámpago negro, corriendo el suelo en un zigzag enajenado. ¡Ah, estos gritos de terror del padre saltando de silla en silla con un venablo en la mano! Sin aceptar alimentos ni bebidas, los rubores de la fiebre en sus mejillas, con una convulsión de rechazo grabada alrededor de sus labios, mi padre se tornó completamente salvaje. Una terrible repulsión había transformado su rostro en una máscara trágica, yerta, donde sólo las pupilas se agazapaban, ocultas bajo el párpado inferior, tensas cual cuerdas de arcos, en una eterna desconfianza. Súbitamente, con un grito estremecedor, saltaba del asiento, se precipitaba a ciegas hacia un rincón de la habitación, y ya levantaba el venablo en cuya punta se hallaba clavada una enorme cucaracha que se estremecía desesperadamente moviendo la maraña de sus patas. Adela venía entonces en ayuda de mi padre pálido de terror y se llevaba la lanza con el trofeo cosido en su punta que ella se disponía a ahogar en un barreño. Ya entonces no hubiera sabido decir si estas imágenes me habrían sido inculcadas por los relatos de Adela o si yo mismo había sido testigo de ellas. Mi padre no poseía entonces esta fuerza de resistencia que protege a los hombres sanos de la fascinación de la repulsión. En lugar de arrancarse de la terrible fuerza de atracción de este hechizo, mi padre, abandonado a la locura, se encenagaba en ella más y más. Sus tristes consecuencias no se hicieron esperar mucho tiempo. Pronto aparecieron los primeros síntomas sospechosos, que nos colmaron de angustia y pena. El comportamiento del padre había cambiado. El frenesí, la euforia de su excitación, parecía apaciguarse. En sus gustos, y en su mímica empezaron a revelarse indicios de mala conciencia. Nos evitaba. Se escondía durante días enteros en los rincones, los armarios, bajo el edredón. Lo veía a menudo pensativo, mirando sus manos, examinando la consistencia de su piel, de sus uñas, en las cuales empezaban a aparecer manchas negras, tan negras y relucientes como el caparazón de una cucaracha.
[bruno schulz. las tiendas de color canela]
[bruno schulz. las tiendas de color canela]
31.3.08
s/t
Como de costumbre, ritual de recién amanecida, quedó panza arriba, abriendo los ojos, cabeza sobre la almohada, clavadando la mirada al techo. Hundiéndose en la profundidad del cielo raso y absorta en los figurines con pretensiones surrealistas de las manchas de humedad. El insistente teléfono que la llama desde hace un rato no va a lograr nunca ser atendido. Jamás por esta Ana: la tirada al suelo, la vaga, la pancha recostada, a la que le chupa todo un huevo.
Son más de las ocho del domingo. Con ese camisón roto que la deja al borde de lo desnudo, descalza y despeinada por la revolución del sueño, permanece parada en el medio de la sala, haciendo un esfuerzo de superhéroe para no volver a la cama. Descubre que dejó la puerta balcón abierta. Afuera es uno de esos días calcados de una propaganda de aerolínea: cielo azul turquesa sin nubes, una brisa liviana que hace flamear las cortinas y apenas le eriza la piel desnuda, de pollo ahora. Desde el balcón, en las alturas de la cuidad porteña ella mira hacia el Ital Park, sacandose con el índice zurdo las lagañas.
[primero lo primero]
Son más de las ocho del domingo. Con ese camisón roto que la deja al borde de lo desnudo, descalza y despeinada por la revolución del sueño, permanece parada en el medio de la sala, haciendo un esfuerzo de superhéroe para no volver a la cama. Descubre que dejó la puerta balcón abierta. Afuera es uno de esos días calcados de una propaganda de aerolínea: cielo azul turquesa sin nubes, una brisa liviana que hace flamear las cortinas y apenas le eriza la piel desnuda, de pollo ahora. Desde el balcón, en las alturas de la cuidad porteña ella mira hacia el Ital Park, sacandose con el índice zurdo las lagañas.
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